Creo que sería incapaz de rechazar una caja de bombones aunque mi vida dependiera de ello, y me temo que me haría ilusión hasta un guijarro de la playa convenientemente envuelto en papel de seda y con un enorme lazo rojo. Once puede dar fe de que yo misma soy propensa a hacer un regalo presentado espectacularmente de casi cualquier cosa, porque su antigua habitación rebosaba de detalles míos tan inútiles como una enorme canica transparente o unas gotas de mi perfume favorito. Este año, con la mudanza de piso, se me ocurren una infinidad de cosas que regalarle, todas ellas de un romanticismo nulo: desde un pijama de un color distinto al gris hasta una papelera que no sea una caja de embalaje, pasando por una lámpara de Hipnosis Para Dejar De Fumar con pantalla.
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Su nuevo dormitorio aún está un poco desangelado, y eso que me ocupé de obligarle a trasladar todo aquello que podía evitar que pareciera un cuarto de recluso. Del resto de la "Casa de los Alcántara" no me animo a hablar, la sensibilidad de sus ocupantes podría verse seriamente dañada, aunque baste decir que me da miedo ir sola al baño por las noches... Para maquillar un poco la imagen de ñoña que me acabo de ganar, aclararé que el año pasado ni me enteré del Día de los Enamorados, ya que coincidió con la víspera del examen de Bioquímica, la bestia negra de la carrera, y yo estaba demasiado ocupada llorando sobre mis apuntes de enzimología y prometiéndole a Dios convertirme al cristianismo si me hacía aprobar ( lo cual por otra parte me convierte en una mentirosa redomada, y para eso no tengo colorete)
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